Una historia más: Sonia y Mia (Parte II)
Si bien la siguiente vez no ocurrió el fin de semana siguiente sino que habían pasado varios meses de cenas compartidas, igualmente ocurrió.
Habían terminado de cenar y ellas estaban un poco afectadas por el alcohol, y Sonia tenía muchas ganas de comer helado, y le había pedido a los hombres que fueran a comprarlo.
Cuando se quedaron solas, Mia se puso muy nerviosa y empezó a levantar la mesa. A Sonia poco le importó la incomodidad por demás evidente de Mia, y se paró a charlar muy cerca suyo.
- ¿Y, cómo te está yendo en…?
- Bien.
– No sabés ni lo que te iba a preguntar.
– No importa, sentate… ¿querés un café?
– No, a vos te quiero.
E inmediatamente se abalanzó sobre Mia, no dándole tiempo a nada, y aprovechando que tenía las manos ocupadas, y la apretó con todo el cuerpo contra la heladera. Mia soltó los repasadores dejándolos caer para apoyar las manos sobre sus hombros para sacársela de encima pero no pudo, en parte porque Sonia la miró y le rogó que no lo hiciera, y en parte porque la piel le quemaba.
Si. La piel le quemaba. Y Mia no sabía si era porque le gustaba Sonia o porque le gustaba esa sensación de que alguien la deseara tanto.
Al darse cuenta que Mia había aflojado la tensión, Sonia dejó de besarla y, mirándola fijamente, como preguntando, le bajó los breteles de la blusa. Los pechos de Mia quedaron al descubierto, y los pezones erguidos, y la piel encendida. Mia arqueó un poco la espalda y la heladera rebotó contra la pared, y Sonia le chupó los pezones con ansias, con hambre, mordiéndoselos.
– Esto está mal, Sonia, muy mal… a Diego no le va a gustar.
– No puedo creer que estés pensando en Diego…
Y succionaba los pezones como si de verdad quisiera sacar algo.
De repente se acuclilló y desde abajo la miró con deseo, a lo que Mia gritó, alarmada y nerviosa:
- ¿Qué hacés? ¡Ni se te ocurra!
Y soltó una carcajada, la cual fue interpretada por Sonia como una inmensa luz verde. Rápidamente sus dedos desataron los cordones del pantalón y, sin dejar de mirarla, se los bajó, y Mia gritó:
- ¡Noooo! ¿Estás loca???
Sonia tomó los elásticos de la tanga de Mia y la deslizó, dejándola desnuda. Sin siquiera mirarle la cara, le abrió el sexo con los pulgares y apoyó su lengua caliente en él. Y la heladera volvió a crujir contra la pared.
– Dejame Sonia, por favor…
Pero Sonia parecía no escucharla. Estaba acuclillada en el piso con su vestido de hilo de seda comiéndole el sexo, y estaba delicioso porque estaba excitada y los jugos fluían a pesar de ella y de su culpa. Su lengua entraba y salía de la vagina de Mia como si hubiese estado hecha para eso, y sus labios tomaban suavemente el clítoris que estaba henchido de placer. Sonia estaba en el mejor de los mundos, en cambio Mia se debatía entre el placer y la culpa, como si estuviese poseída.
– Dejame por favor, esto no está bien…
A pesar de la culpa que la angustiaba, no podía dejar de rendirse a ese placer tan particular: sentía una subida emocional tan abrupta como nunca había sentido antes, jamás había experimentado una calentura tan grande, tan especial. De más está decir que el orgasmo se hizo esperar muy poco y fue intensísimo: fuerte y largo, y puro placer, sin ningún tipo de incomodidad o ansiedad.
De pronto se escucharon las voces de los hombres:
- ¡Otro día bien pueden antojarse de helado más temprano, no!??
Mia la empujó y Sonia se incorporó y se acomodó el vestido y Mia la blusa y el pantalón. Y ambas prendieron un cigarrillo y Sonia se sentó cruzando las piernas, como siempre: como una lady.
Carlos preguntó:
- ¿Pasó algo? Tienen cara rara.
Sonia contestó:
- Nada, ¿por?
- Porque tienen cara rara las dos…
Mia bajó la vista y buscó una cuchara para helado. No se sentía nada bien. Acababa de descubrir algo perturbador para ella. La noche iba a ser larga, larguísima.
Habían terminado de cenar y ellas estaban un poco afectadas por el alcohol, y Sonia tenía muchas ganas de comer helado, y le había pedido a los hombres que fueran a comprarlo.
Cuando se quedaron solas, Mia se puso muy nerviosa y empezó a levantar la mesa. A Sonia poco le importó la incomodidad por demás evidente de Mia, y se paró a charlar muy cerca suyo.
- ¿Y, cómo te está yendo en…?
- Bien.
– No sabés ni lo que te iba a preguntar.
– No importa, sentate… ¿querés un café?
– No, a vos te quiero.
E inmediatamente se abalanzó sobre Mia, no dándole tiempo a nada, y aprovechando que tenía las manos ocupadas, y la apretó con todo el cuerpo contra la heladera. Mia soltó los repasadores dejándolos caer para apoyar las manos sobre sus hombros para sacársela de encima pero no pudo, en parte porque Sonia la miró y le rogó que no lo hiciera, y en parte porque la piel le quemaba.
Si. La piel le quemaba. Y Mia no sabía si era porque le gustaba Sonia o porque le gustaba esa sensación de que alguien la deseara tanto.
Al darse cuenta que Mia había aflojado la tensión, Sonia dejó de besarla y, mirándola fijamente, como preguntando, le bajó los breteles de la blusa. Los pechos de Mia quedaron al descubierto, y los pezones erguidos, y la piel encendida. Mia arqueó un poco la espalda y la heladera rebotó contra la pared, y Sonia le chupó los pezones con ansias, con hambre, mordiéndoselos.
– Esto está mal, Sonia, muy mal… a Diego no le va a gustar.
– No puedo creer que estés pensando en Diego…
Y succionaba los pezones como si de verdad quisiera sacar algo.
De repente se acuclilló y desde abajo la miró con deseo, a lo que Mia gritó, alarmada y nerviosa:
- ¿Qué hacés? ¡Ni se te ocurra!
Y soltó una carcajada, la cual fue interpretada por Sonia como una inmensa luz verde. Rápidamente sus dedos desataron los cordones del pantalón y, sin dejar de mirarla, se los bajó, y Mia gritó:
- ¡Noooo! ¿Estás loca???
Sonia tomó los elásticos de la tanga de Mia y la deslizó, dejándola desnuda. Sin siquiera mirarle la cara, le abrió el sexo con los pulgares y apoyó su lengua caliente en él. Y la heladera volvió a crujir contra la pared.
– Dejame Sonia, por favor…
Pero Sonia parecía no escucharla. Estaba acuclillada en el piso con su vestido de hilo de seda comiéndole el sexo, y estaba delicioso porque estaba excitada y los jugos fluían a pesar de ella y de su culpa. Su lengua entraba y salía de la vagina de Mia como si hubiese estado hecha para eso, y sus labios tomaban suavemente el clítoris que estaba henchido de placer. Sonia estaba en el mejor de los mundos, en cambio Mia se debatía entre el placer y la culpa, como si estuviese poseída.
– Dejame por favor, esto no está bien…
A pesar de la culpa que la angustiaba, no podía dejar de rendirse a ese placer tan particular: sentía una subida emocional tan abrupta como nunca había sentido antes, jamás había experimentado una calentura tan grande, tan especial. De más está decir que el orgasmo se hizo esperar muy poco y fue intensísimo: fuerte y largo, y puro placer, sin ningún tipo de incomodidad o ansiedad.
De pronto se escucharon las voces de los hombres:
- ¡Otro día bien pueden antojarse de helado más temprano, no!??
Mia la empujó y Sonia se incorporó y se acomodó el vestido y Mia la blusa y el pantalón. Y ambas prendieron un cigarrillo y Sonia se sentó cruzando las piernas, como siempre: como una lady.
Carlos preguntó:
- ¿Pasó algo? Tienen cara rara.
Sonia contestó:
- Nada, ¿por?
- Porque tienen cara rara las dos…
Mia bajó la vista y buscó una cuchara para helado. No se sentía nada bien. Acababa de descubrir algo perturbador para ella. La noche iba a ser larga, larguísima.


1 Botellitas de Extra Brut:
Ejem..hay algo que me dice que parte de esto ya me lo contaron, pero como no es algo tan poco comun puede que sea algo similar.
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