Una historia más: Sonia y Mia (Parte III)
Esa noche la cabeza de Mia era una coctelera. Las imágenes de Sonia acuclillada con los ojos cerrados besándole el sexo le venían una y otra vez a la mente como flashes. Daba vueltas en la cama como si los sacudones pudieran ayudarla a sacársela de la cabeza. De vez en cuando los ronquidos de Diego la sacaban de sus pensamientos y maldecía, pero luego volvía a aparecérsele Sonia en esa posición tan servil, y todo le daba vueltas. Todo era ella: sus ojos mirándola, sus labios sobre su piel, su lengua buscando en su boca y en los pliegues de su sexo, sus labios chupándole el clítoris como si fuese a sacarle el veneno. Los jadeos de ambas, los movimientos involuntarios de su pelvis, la ropa de Sonia visiblemente mojada y los golpes contra la heladera. Mia sentía culpa por lo ocurrido y preocupación no por las sensaciones, sino más bien por los sentimientos que la abrumaban. Estaba excitadísima. Se sentía enamorada. Es que el placer había sido enorme, incomparable.
Se acariciaba el cuerpo mientras imaginaba un segundo encuentro, uno más largo, con más tiempo, y sin miedo a la aparición repentina de los hombres. Imaginaba una continuación de lo ocurrido: que era ella la que luego se abalanzaría sobre Sonia, le sacaría la ropa y le abriría las piernas. Imaginaba el sabor de sus jugos, su olor, sus reacciones y la boca se le hacía agua. Y la piel le ardía. Imaginaba que la daba vuelta sobre la mesa y le besaba la nuca y la espalda, y la inmovilizaba con el cuerpo y teniéndola de los brazos, y que luego le acariciaba las nalgas metiéndole los dedos suave y cadenciosamente. Imaginaba que Sonia se retorcía de placer y le pedía más, y que los olores que brotaban de sus cuerpos eran deliciosos y los sabores más aún.
Se acarició hasta que salió el sol y acabó muchas veces. Luego se durmió entre los ronquidos de Diego, que descansaba, ajeno a todo, como siempre.
Por la mañana habría decidido que hablaría con Sonia para terminar el tema de una buena vez. La mortificación que sentía pasados los efectos del alcohol era muy superior al deseo. Lo tenía decidido. Le daría fin a la situación.
Se acariciaba el cuerpo mientras imaginaba un segundo encuentro, uno más largo, con más tiempo, y sin miedo a la aparición repentina de los hombres. Imaginaba una continuación de lo ocurrido: que era ella la que luego se abalanzaría sobre Sonia, le sacaría la ropa y le abriría las piernas. Imaginaba el sabor de sus jugos, su olor, sus reacciones y la boca se le hacía agua. Y la piel le ardía. Imaginaba que la daba vuelta sobre la mesa y le besaba la nuca y la espalda, y la inmovilizaba con el cuerpo y teniéndola de los brazos, y que luego le acariciaba las nalgas metiéndole los dedos suave y cadenciosamente. Imaginaba que Sonia se retorcía de placer y le pedía más, y que los olores que brotaban de sus cuerpos eran deliciosos y los sabores más aún.
Se acarició hasta que salió el sol y acabó muchas veces. Luego se durmió entre los ronquidos de Diego, que descansaba, ajeno a todo, como siempre.
Por la mañana habría decidido que hablaría con Sonia para terminar el tema de una buena vez. La mortificación que sentía pasados los efectos del alcohol era muy superior al deseo. Lo tenía decidido. Le daría fin a la situación.


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