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30 abril 2006

Una historia más: Sonia y Mia (Parte III)

Esa noche la cabeza de Mia era una coctelera. Las imágenes de Sonia acuclillada con los ojos cerrados besándole el sexo le venían una y otra vez a la mente como flashes. Daba vueltas en la cama como si los sacudones pudieran ayudarla a sacársela de la cabeza. De vez en cuando los ronquidos de Diego la sacaban de sus pensamientos y maldecía, pero luego volvía a aparecérsele Sonia en esa posición tan servil, y todo le daba vueltas. Todo era ella: sus ojos mirándola, sus labios sobre su piel, su lengua buscando en su boca y en los pliegues de su sexo, sus labios chupándole el clítoris como si fuese a sacarle el veneno. Los jadeos de ambas, los movimientos involuntarios de su pelvis, la ropa de Sonia visiblemente mojada y los golpes contra la heladera. Mia sentía culpa por lo ocurrido y preocupación no por las sensaciones, sino más bien por los sentimientos que la abrumaban. Estaba excitadísima. Se sentía enamorada. Es que el placer había sido enorme, incomparable.
Se acariciaba el cuerpo mientras imaginaba un segundo encuentro, uno más largo, con más tiempo, y sin miedo a la aparición repentina de los hombres. Imaginaba una continuación de lo ocurrido: que era ella la que luego se abalanzaría sobre Sonia, le sacaría la ropa y le abriría las piernas. Imaginaba el sabor de sus jugos, su olor, sus reacciones y la boca se le hacía agua. Y la piel le ardía. Imaginaba que la daba vuelta sobre la mesa y le besaba la nuca y la espalda, y la inmovilizaba con el cuerpo y teniéndola de los brazos, y que luego le acariciaba las nalgas metiéndole los dedos suave y cadenciosamente. Imaginaba que Sonia se retorcía de placer y le pedía más, y que los olores que brotaban de sus cuerpos eran deliciosos y los sabores más aún.
Se acarició hasta que salió el sol y acabó muchas veces. Luego se durmió entre los ronquidos de Diego, que descansaba, ajeno a todo, como siempre.
Por la mañana habría decidido que hablaría con Sonia para terminar el tema de una buena vez. La mortificación que sentía pasados los efectos del alcohol era muy superior al deseo. Lo tenía decidido. Le daría fin a la situación.

21 abril 2006

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20 abril 2006

Una historia más: Sonia y Mia (Parte II)

Si bien la siguiente vez no ocurrió el fin de semana siguiente sino que habían pasado varios meses de cenas compartidas, igualmente ocurrió.
Habían terminado de cenar y ellas estaban un poco afectadas por el alcohol, y Sonia tenía muchas ganas de comer helado, y le había pedido a los hombres que fueran a comprarlo.
Cuando se quedaron solas, Mia se puso muy nerviosa y empezó a levantar la mesa. A Sonia poco le importó la incomodidad por demás evidente de Mia, y se paró a charlar muy cerca suyo.
- ¿Y, cómo te está yendo en…?
- Bien.
– No sabés ni lo que te iba a preguntar.
– No importa, sentate… ¿querés un café?
– No, a vos te quiero.
E inmediatamente se abalanzó sobre Mia, no dándole tiempo a nada, y aprovechando que tenía las manos ocupadas, y la apretó con todo el cuerpo contra la heladera. Mia soltó los repasadores dejándolos caer para apoyar las manos sobre sus hombros para sacársela de encima pero no pudo, en parte porque Sonia la miró y le rogó que no lo hiciera, y en parte porque la piel le quemaba.
Si. La piel le quemaba. Y Mia no sabía si era porque le gustaba Sonia o porque le gustaba esa sensación de que alguien la deseara tanto.
Al darse cuenta que Mia había aflojado la tensión, Sonia dejó de besarla y, mirándola fijamente, como preguntando, le bajó los breteles de la blusa. Los pechos de Mia quedaron al descubierto, y los pezones erguidos, y la piel encendida. Mia arqueó un poco la espalda y la heladera rebotó contra la pared, y Sonia le chupó los pezones con ansias, con hambre, mordiéndoselos.
– Esto está mal, Sonia, muy mal… a Diego no le va a gustar.
– No puedo creer que estés pensando en Diego…
Y succionaba los pezones como si de verdad quisiera sacar algo.
De repente se acuclilló y desde abajo la miró con deseo, a lo que Mia gritó, alarmada y nerviosa:
- ¿Qué hacés? ¡Ni se te ocurra!
Y soltó una carcajada, la cual fue interpretada por Sonia como una inmensa luz verde. Rápidamente sus dedos desataron los cordones del pantalón y, sin dejar de mirarla, se los bajó, y Mia gritó:
- ¡Noooo! ¿Estás loca???
Sonia tomó los elásticos de la tanga de Mia y la deslizó, dejándola desnuda. Sin siquiera mirarle la cara, le abrió el sexo con los pulgares y apoyó su lengua caliente en él. Y la heladera volvió a crujir contra la pared.
– Dejame Sonia, por favor…
Pero Sonia parecía no escucharla. Estaba acuclillada en el piso con su vestido de hilo de seda comiéndole el sexo, y estaba delicioso porque estaba excitada y los jugos fluían a pesar de ella y de su culpa. Su lengua entraba y salía de la vagina de Mia como si hubiese estado hecha para eso, y sus labios tomaban suavemente el clítoris que estaba henchido de placer. Sonia estaba en el mejor de los mundos, en cambio Mia se debatía entre el placer y la culpa, como si estuviese poseída.
– Dejame por favor, esto no está bien…
A pesar de la culpa que la angustiaba, no podía dejar de rendirse a ese placer tan particular: sentía una subida emocional tan abrupta como nunca había sentido antes, jamás había experimentado una calentura tan grande, tan especial. De más está decir que el orgasmo se hizo esperar muy poco y fue intensísimo: fuerte y largo, y puro placer, sin ningún tipo de incomodidad o ansiedad.
De pronto se escucharon las voces de los hombres:
- ¡Otro día bien pueden antojarse de helado más temprano, no!??
Mia la empujó y Sonia se incorporó y se acomodó el vestido y Mia la blusa y el pantalón. Y ambas prendieron un cigarrillo y Sonia se sentó cruzando las piernas, como siempre: como una lady.
Carlos preguntó:
- ¿Pasó algo? Tienen cara rara.
Sonia contestó:
- Nada, ¿por?
- Porque tienen cara rara las dos…
Mia bajó la vista y buscó una cuchara para helado. No se sentía nada bien. Acababa de descubrir algo perturbador para ella. La noche iba a ser larga, larguísima.

14 abril 2006

Una historia más: Sonia y Mia (Parte I)

Habían pasado una velada agradable luego de aquél primer encuentro y después de tantos años. ¿Cuántos habían sido? Quizás 4 o 5, suficientes para olvidar lo bien que lo pasaban juntos en mejores tiempos. La situación actual era cómoda, ideal: dos viejos amigos ellos, y dos nuevas pero intensas amigas ellas. Ellos se conocían desde la infancia, habían compartido aulas y tardes de pileta en el club del barrio, así que cada uno conocía las mañas y rebusques del otro. Ellas se habían conocido en una oportunidad en la que un amigo de una le había presentado a la otra - con la cual estaba saliendo - e inmediatamente se cayeron bien, y se respetaron mutuamente a pesar de ser tan distintas, como sólo ocurre en casos extraños y aislados entre mujeres. Sonia era superficial y un poco tonta, pero incansable en sus propósitos: lograba lo que se proponía. Mía era inteligente, bohemia pero algo culposa, y todo lo abandonaba; pero aún así, se tenía muy alta estima. Sonia detestaba el tipo de mujer que era Mía, pero curiosamente se sentía fascinada por ella, por su vulnerabilidad a pesar de su inteligencia, y la admiraba profundamente. Mia también detestaba el tipo de mujer de Sonia: de no haber sentido tan (así) inmediatamente el respeto y la admiración que Sonia le prodigaba, hubiese desechado esa amistad sin más, pero había algo en Sonia que la enternecía y ni ella podía precisar qué era. ¿Ellos? Ellos no son importantes en esta historia, salvo – quizás – saber que Mia estaba casada hacía varios años con Diego, y Sonia y Carlos se reconciliaban luego de un largo impasse y planeaban irse a vivir juntos. El día que los cuatro se reencontraron fue de casualidad: Sonia y Carlos habían ido a ver una casa para alquilar en la misma cuadra en la que vivían Mia y Diego; motivo por el cual “quedaron” para una cena el fin de semana siguiente, oportunidad en la que ocurrió el hecho que voy a relatar a continuación.
Como era de suponerse, los cuatro tenían muchas cosas que contarse, ponerse al tanto de la vida del otro, y lo hacían mientras cenaban y regaban la vida con buenos vinos y alguna que otra cerveza. Concluida la cena, Mia llevó a Sonia a la habitación en donde hacía a diario su trabajo, para explicarle los pormenores de éste. Ambas estaban algo mareadas y muy alegres, en esa etapa de la borrachera en la cual todo causa gracia: dejaban fluir todas sus impresiones acerca de absolutamente todo. Mia estaba muy divertida tratando de explicarle a Sonia unos detalles de su oficio cuando de pronto y sin aviso la vio acercarse. En medio segundo, los labios de ambas estaban juntos, y la lengua de Sonia adentro de la boca de Mia y los ojos de Mia muy abiertos. Mia la empujó y dijo, en un grito transformado en susurro:
- ¡Pará, pará…! ¿Qué hacés?
- Dejame… sos tan linda…
- Pero que hacés boluda, ¿estás en pedo?
- ¡No! Bah, si. Pero no tiene nada que ver con esto.
Y volvió a acercarse y a meterle la lengua en la boca. Esta vez, Mia hizo uso de toda su fuerza y la empujó, alejándola más de dos metros.
– ¡Estás borracha!
- Siempre me gustaste... Creo que siempre estuve enamorada de vos, dejame… por favor…! - dijo Sonia mientras se acercaba suavemente.
– Estás re en pedo, no te me acerques. Aparte no sé que puede gustarte tanto de mi, mirá lo que soy, re- tranqui, vos y yo somos muy distintas, así que no sé qué tanto te puedo gustar… - dejó entrever en sus palabras esa curiosidad que siempre la había caracterizado.
– Me encanta como sos, tan… “vos”. Eso que se te nota cuando mirás a los demás, eso que no te importa lo que hagan o piensen de vos, por eso me gustás tanto, porque somos tan distintas, y porque sos tan sensual… me encantás.
– Bueno, pero yo no puedo hacer nada… aparte no sabía que vos... ¡y encima te vas a ir a vivir con Carlos! ¿Él sabe que…?
– Shh! ¡No! No sabe nada, y tampoco quiero que lo sepa.
- ¿Pero vos sos gay, o qué?
– No. Bah… no sé. Tuve una experiencia con Andrea un par de años atrás pero… nunca me gustó Andrea, en cambio vos… Por favor, dejame estar con vos una noche, si me dejás pasar una noche con vos te voy a demostrar todo lo que sient…
– Nah, evidentemente vos estás muy en pedo.
Y se puso a salvo en la cocina, en donde los hombres estaban abriendo una botella de champaña para festejar el reencuentro y los futuros encuentros.
Y luego vino Sonia y Carlos preguntó al verlas si había pasado algo, si habían estado peleando. Y Mia contestó actuando sorprendida que no, que al contrario, que sólo se estaban divirtiendo, y Sonia lo tomó como una señal. Y no se equivocó.